Tendemos a asociar la palabra “revolución” con alguna forma de acción colectiva violenta contra las estructuras establecidas, sea mediante revueltas y protestas más o menos espontáneas, sea con un ataque estratégico o guerrilla dirigida contra el poder. Todo ello a fin de lograr cambios que se reflejen en la sociedad, o al menos entre los instigadores del levantamiento, para bien de unos o de otros. Sin embargo, estas acciones suelen ser bastante destructivas y riesgosas, sin garantizar además, que el poder restablecido tras ellas no resulte igualmente tiránico, dado el nivel de caos y violencia del que surgió.
Una de las revoluciones más mediáticas de la historia contemporánea fue la cubana que, si bien, expulsó a un gobierno que poco hizo por el país, resultó en otro que, por diversas circunstancias, tampoco alcanzó las cuotas de desarrollo y libertad que seguramente sus ciudadanos hubiesen deseado. Después de analizar lo útil o inútil de este tipo de revoluciones, llegó a mi vida el mismo vocablo asociado a una práctica, en apariencia, radicalmente distinta: “La revolución en una brizna de paja”, el libro más emblemático de Masanobu Fukuoka, un biólogo japonés divulgador de la llamada “agricultura natural”. A su poético título le brinda tributo el que encabeza mi columna de hoy. Fukuoka, con la brizna de paja, resaltaba la importancia del mulch, esa capa de rastrojos de cereal o de restos de poda que se usa para acolchar el suelo donde se ha sembrado, logrando múltiples beneficios: evitar la pérdida de humedad ahorrando agua, proteger las semillas de la depredación de las aves, enriquecer un suelo desnutrido mediante el descompuesto del propio mulch, o impedir la proliferación de malezas gracias al sombreado que proyecta. La técnica, inserta dentro de un diseño de agricultura natural, es tan eficaz para lograr cosechas abundantes sin uso de pesticidas, fertilizantes o herbicidas y ahorrando agua, que llevó al japonés a considerarla una verdadera revolución para la autosuficiencia del agricultor y, por tanto, de las comunidades que la implementaran, pudiendo así desarrollarse independientes de los gobiernos de turno.
Considerando esto, pero volviendo al aquí y ahora, pensemos: en medio de tanta injusticia, desigualdad, corrupción y despropósito, ¿no dan ganas de armar una revolución? Ya tuvimos protestas bien sonoras en Chile y en otros países desde octubre de 2019. Y sin solucionarse los reclamos de aquellas marchas, sumamos la crisis de ahora: una contingencia sanitaria a todas luces sospechosa de ser fruto de la fórmula problema/reacción/solución, donde el problema sería una pandemia, la reacción sería el miedo y la solución, las vacunas obligatorias que acaben asegurando, por una parte, la tranquilidad de los miedosos y por otra, la agenda eugenésica. Ante algo así ¿de verdad no nos tienta otra revolución? Más aún, cuando nos imponen una cuarentena salvaje que está destruyendo todo el tejido empresarial, tanto de pymes como de grandes empresas e industrias, dejando a la población sin ingresos con los que abastecerse y sin ayudas suficientes para subsistir. ¿Qué alternativa nos queda entonces?
En mi opinión, ninguna. Precisamente creo que estamos en el momento justo para invocar a Fukuoka y hacer su revolución de la brizna de paja con un pedazo de tierra. Y de paso tributamos a Vandana Shiva, la activista ecológica hindú quien, en defensa de la soberanía alimentaria, nos insistía en que “lo más revolucionario es un huerto”. El día que nos organicemos y recuperemos la agricultura comunitaria, el trueque y el cooperativismo por medio de obtener, cada familia, un pequeño pedazo de tierra, ahí sí, las élites burocráticas y bancarias, que al final son quienes controlan la maquinaria de nuestro esclavista sistema-deuda, quedarían en NADA. Y nosotros, ahora sí, bailando un sabrosón y legítimo “que viva la revolución”.
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LORENA CONTRERAS. 6/07/2020
Buenísima propuesta, ¡con gusto me sumo a esta revolución! Aunque más bien lo tomo a hacer un tributo y como una invitación a honrar lo ancestral, volviendo a aquellos tiempos en que la humanidad se auto abastecía con lo que de la tierra tomaba, con respeto y agradecimiento. ¡Sin duda hay mucho que reaprender; estamos a tiempo! ¡Gracias por recordárnoslo!